La Filosofía de Spinoza

Por José Romero

y 3.2.2. La Ética. Los afectos. La servidumbre y la libertad humana. El “conatus”

Después de haber expuesto el marco ontológico en el que el ser humano se desenvuelve, se entra en la ética propiamente dicha, esto es, en el estudio de la conducta humana.

El núcleo de esta ética sería la "teoría del conatus". "Conatus" es una palabra latina que significa "esfuerzo" o "impulso". Spinoza considera que la esencia de todo ser consiste en su esfuerzo de perseverar en su ser, siendo el deseo, en el caso del ser humano, la conciencia de ese esfuerzo.

Dado que todo esfuerzo, en cuanto fuerza, no puede existir solo, sino en relación con otras fuerzas opuestas, Spinoza concibe al ser humano como consistente en una “relación de fuerzas opuestas”, es decir, como una lucha entre su impulso o voluntad de seguir existiendo, su “conatus”, y el resto de fuerzas de la Naturaleza que se le oponen.

Mientras que tanto para la metafísica escolástica como para Descartes, el ser humano es una sustancia, para Spinoza no lo es, sino que un individuo humano no es más que un cuerpo (un "modo" de la extensión) con una determinada proporción de movimiento y reposo, así como la idea de ese cuerpo, que sería su mente, como "modo" del pensamiento. Es decir que un ser humano se concibe como un conjunto de movimientos y un conjunto de ideas que se esfuerzan para perseverar en su ser, para seguir existiendo, estando dada su unidad por una determinada proporción de movimiento y reposo. Por consiguiente, la muerte le sucede cuando encuentra una fuerza superior a él que se le opone (como una enfermedad o accidente).

El alma, ya en cuanto tiene ideas claras y distintas, ya en cuanto las tiene confusas, se esfuerza por perseverar en su ser con una duración indefinida, y es consciente de ese esfuerzo suyo. (Ética demostrada según el orden geométrico, parte III, prop IX)

Puesto que la esencia de todo ser humano es el deseo o esfuerzo consciente de perseverar en su ser, la finalidad de la ética sería pues la de aumentar la potencia de dicho esfuerzo, estando afectado éste por dos tipos de comportamientos: acciones y pasiones.

Una acción se diferencia de una pasión por el tipo de las ideas que la origina. La mente puede tener dos tipos de ideas: adecuadas e inadecuadas. Una idea es adecuada cuando es verdadera en sí misma, es decir, cuando su verdad depende de sí misma, no de algo exterior, y una idea es inadecuada cuando es causada por algo exterior y se presenta "mutilada" y por tanto no es verdadera. Pues bien, se llama acción a aquella conducta cuya única causa es una idea adecuada, es decir, verdadera en sí misma y por tanto origina una acción cuya causa se halla enteramente en la mente; por ello cuando la mente actúa debido a ideas adecuadas, actúa conforme a su naturaleza, es decir, libremente, y en ese caso, realizamos acciones que aumentan nuestra potencia de perseverar en nuestro ser (por ejemplo, cuidar nuestra salud, nuestra relación con los demás, etc.)

Por el contrario, se llama pasión a aquella conducta causada por ideas inadecuadas, o sea, por causas exteriores. En ese caso, la mente no actúa (ya que no es libre), sino que padece, por lo que no es libre, sino que es esclava. En ese caso, podemos realizar conductas que disminuyan nuestra perfección, es decir, nuestra potencia de perseverar en nuestro ser (no cuidar nuestra salud, enfrentarnos gratuitamente a otras personas, etc.)

Dada la limitación del cuerpo humano, éste necesariamente tiene ideas inadecuadas, y por tanto, experimenta pasiones, dado que para que no fuera así, tendría que actuar siempre por ideas adecuadas, cosa que sólo puede hacer Dios, al ser infinito.

Así, nuestras acciones aumentarán siempre nuestra potencia de perseverar en nuestro ser, mientras que nuestras pasiones pueden tener dos efectos: o bien aumentar nuestra potencia de perseverar en nuestro ser, o bien disminuirla. Spinoza llamará al aumento de potencia, pasar a una mayor perfección, y a la disminución, pasar a una menor perfección. La alegría es el sentimiento del paso a una potencia mayor, y la tristeza a una potencia menor. Por tanto, el ser humano amará aquello que le alegre, y odiará aquello que le entristezca, de manera que el amor se definirá como la alegría asociada a la idea de una cosa exterior que aumente nuestra potencia de existir, y el odio como la tristeza asociada a una cosa exterior que disminuya tal potencia. De ahí surgirán todos los demás sentimientos asociados a la alegría y a la tristeza en relación con objetos exteriores, tales como la simpatía y la antipatía, la esperanza y el miedo, etc.

Ahora bien, ¿cuáles son las "cosas exteriores" que más nos afectan? Obviamente, los otros seres humanos. Puesto que la potencia, y las causas de alegría y tristeza de los demás seres humanos son semejantes a las nuestras, amaremos y odiaremos con más intensidad a los demás seres humanos, en la medida en que nosotros al desear las mismas cosas que ellos, o bien nos ayudarán en nuestras acciones, o bien las interferirán. Es por ello, por lo que interactuamos más con los otros seres humanos que con otras cosas, y es por ello por lo que los imitamos, envidiamos, etc.

Nada puede concordar mejor con la naturaleza de una cosa que los demás individuos de su especie; por tanto, nada hay que sea más útil al hombre, en orden a la conservación de su ser y de una vida racional, que un hombre que se guíe por la razón. Además, dado que entre las cosas singulares no conocemos nada más excelente que un hombre guiado por la razón, nadie puede probar cuánto vale su habilidad y talento mejor que educando a los hombres de tal modo que acaben por vivir bajo el imperio de la razón. (Ética demostrada según el orden geométrico, Parte IV, Apéndice, Capítulo IX)

En esto Spinoza se separa tanto de Hobbes como de Rousseau. Para Spinoza, el hombre no es ni bueno ni malo, ni libre ni esclavo, ni enemigo ni amigo de los demás hombres por naturaleza; del mismo modo que no existe nada ni bueno ni malo absolutamente. Los seres humanos, sencillamente pueden interactuar entre sí, o bien para aumentar su capacidad de seguir existiendo (en cuyo caso serán amigos y se amarán), o bien para disminuirla (en cuyo caso serían enemigos y se odiarán).<

De esta anatomía de los afectos, Spinoza saca algunas conclusiones tales como:

  • - La alegría, el amor y el deseo son siempre buenos, y nunca pueden darse con exceso
  • - La tristeza, el odio, el arrepentimiento y la piedad son siempre malos
  • - El pensamiento de todo lo que cause tristeza es malo, dado que disminuye nuestra potencia, como por ejemplo, el pensamiento en la muerte. (“Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino de la vida.”)
  • - El pensamiento de todo lo que cause alegría es bueno
  • - El bien y el mal no son algo absoluto, sino relativo a nuestra potencia de perseverar en nuestro ser. Algo será bueno en la medida en que aumente nuestra potencia, y malo en la medida en que la disminuya.
  • - La piedad y el arrepentimiento, en cuanto tristezas, son malos. En esto, Spinoza contradice a las religiones cristiana y judía, que ven virtudes en ambos sentimientos.

 

Es así que como la ética de Spinoza se opone a la ética religiosa judeo-cristiana. La ética religiosa considera que el ser humano posee, por una parte, entendimiento para distinguir entre el bien y el mal, y por otra, libre albedrío o voluntad para elegir entre el bien y el mal, de modo que si elige el bien será recompensado por Dios y si elige el mal será castigado por Dios, siendo el bien y el mal prescritos por la ley (en última instancia de Dios, pero también de la Iglesia y el Estado, que "traducirían" la ley de Dios).

Por el contrario, para Spinoza, la voluntad y el entendimiento son una y la misma cosa. Ello es así, porque no tiene sentido distinguir entre el entendimiento del bien y la elección del bien. Dado que para un individuo es bueno aquello que le conviene, y es malo aquello que no le conviene, y dado que todo ser humano está constituido por su deseo de perseverar en su ser, una persona siempre elegirá el bien cuando lo entienda como bien, y rechazará el mal cuando lo entienda como mal. Esta concepción elimina la idea de "ley divina" como algo exterior a la esencia humana. Dado que el ser humano es parte de Dios, éste no puede prescribir el bien y el mal como algo distinto a lo que conviene y no conviene al ser humano. Dicho de otro modo, no tiene sentido que Dios premie o castigue como un juez a los seres humanos, si éstos forman parte de Dios. Es el ser humano mismo, quien, cuando actúa sin conocer aquello que es bueno para él se castiga a sí mismo, y quien al conocer lo que es bueno para él, se premia a sí mismo.

Cada cual apetece o aborrece necesariamente, en virtud de las leyes de su naturaleza, lo que juzga bueno o malo.
Demostración: El conocimiento del bien y del mal es el afecto mismo de la alegría o de la tristeza, en cuanto somos conscientes de él, y por ende, cada cual apetece necesariamente lo que juzga bueno, y, al contrario, aborrece necesariamente lo que juzga malo. Ahora bien, ese apetito no es otra cosa que la esencia o naturaleza misma del hombre. Por consiguiente, cada cual apetece o aborrece necesariamente, en virtud de las solas leyes de su naturaleza, etc. QED

(Ética demostrada según el orden geométrico, Parte IV, Prop XIX)

Bien es cierto que nosotros nos concebimos como seres libres en cuanto dotados de libre albedrío, es decir, de voluntad separada del entendimiento, pero ello sucede porque no somos conscientes de las causas que nos impulsan a obrar de una u otra manera. Nuestro libre albedrío, no es más que una apariencia que es causada por la finitud de nuestro entendimiento. La verdadera libertad es la plena conciencia de las causas que nos determinan, y sólo la obtenemos cuando nos guiamos por la razón. En ese caso, nuestra libertad sería el conocimiento de la necesidad.

No hay en el alma ninguna voluntad absoluta o libre, sino que el alma es determinada a querer esto o aquello por una causa, que también es determinada por otra, y ésta a su vez por otra, y así hasta el infinito.
Demostración: El alma es un cierto y determinado modo del pensar, y de esta suerte, no puede ser causa libre de sus acciones, o sea, no puede tener una facultad absoluta de querer y no querer, sino que debe ser determinada a querer esto o aquello por una causa, la cual también es determinada por otra, y ésta a su vez por otra, etc. QED
(Ética demostrada según el orden geométrico, Parte II, Prop XLVIII)

Es pues, el conocimiento racional lo que puede liberar al ser humano de sus pasiones y llevarle a la felicidad o "beatitud".

El ser humano es, en consecuencia, tanto más libre o más esclavo en función del género de conocimiento en el que se halle.

En la medida en que un ser humano tenga conocimientos del primer género (imaginación causada por cuerpos exteriores), será esclavo de sus pasiones. En el segundo género de conocimiento, será más libre, puesto que conocerá ideas verdaderas, pero sólo será plenamente libre en el tercer género de conocimiento, en la intuición del orden de de Dios o la Naturaleza. A ese estado de beatitud es a lo que Spinoza llama "amor intelectual a Dios", que es, en coherencia con su ontología, la alegría asociada al conocimiento de Dios, entendida como la plena conciencia del orden de la Naturaleza, y del lugar que ocupamos en dicho orden.

En conclusión, el “amor intelectual a Dios” puede interpretarse como el camino a la felicidad y a la libertad por medio de la razón, por la comprensión racional de la Naturaleza y de la necesidad de sus leyes.