La filosofía política de Chantal Mouffe

Foto de Chantal Mouffe

(1943)

2. La política y lo político. Hacia un modelo adversarial

La distinción entre “la política” y “lo político” propuesta por Chantal Mouffe nos proporciona la clave para comprender el carácter conflictual que es propio de toda sociedad y será, además de uno de los elementos teóricos sobre los que construye su propuesta de una democracia radical pluralista, uno de los temas inspiradores de la crítica de Chantal Mouffe al liberalismo y al actual Zeitgeist postpolítico. Propone entender por “la política” el conjunto de prácticas correspondientes a la actividad política tradicional, mientras que “lo político” debería referirse al modo en que se instituye la sociedad. Expresada en términos heideggerianos, la política correspondería al nivel “óntico”, mientras que lo político se situaría en el nivel “ontológico”. Esta distinción —introducida en sus trabajos también por otros teóricos políticos— no ofrece, sin embargo, por sí misma, unanimidad de interpretación de lo político. Algunos conciben lo político como un espacio de libertad y deliberación pública, mientras otros lo consideran un espacio de poder, conflicto y antagonismo. Chantal Mouffe se alineará con quienes defienden esta última perspectiva: “Concibo “lo político” como la dimensión de antagonismo que considero constitutiva de las sociedades humanas, mientras que entiendo a “la política” como el conjunto de prácticas e instituciones a través de las cuales se crea un determinado orden, organizando la coexistencia humana en el contexto de la conflictividad derivada de lo político”(1).

El antagonismo es, pues, constitutivo de lo político, por lo que cualquier oposición, si alcanza la fuerza suficiente para agrupar a los seres humanos, puede terminar expresándose en términos de amigo / enemigo, adquiriendo entonces un carácter político. Para Chantal Mouffe el reconocimiento de la naturaleza conflictual de la política, siempre posible mediante la distinción anterior, es el punto de partida para comprender los objetivos de una política democrática: establecer la distinción nosotros / ellos de modo que sea compatible con el pluralismo. Si lo político, así entendido, pertenece a nuestra condición ontológica, habremos de reconocer su carácter inerradicable. Sin embargo, es posible “domesticar” el antagonismo de la relación amigo / enemigo y reducir-lo a una forma que no destruya la asociación política. Pero esto sólo se puede conseguir estableciendo un vínculo común entre las partes en conflicto, de modo que se reconozcan como oponentes legítimos, como adversarios, y no como enemigos irreductibles. A esta forma de relación la denomina “agonismo”.

Esta propuesta se apoya en el reconocimiento de que todo orden social es el resultado de la articulación de relaciones de poder y no un “orden natural” que fuera la expresión de una objetividad ajena a las prácticas contingentes que lo producen. De este modo, se puede constituir un orden “hegemónico” que puede ser puesto en entredicho por otras prácticas que se le oponen (antihegemónicas) orientadas a la instauración de una nueva forma de hegemonía. En este sentido, la noción de hegemonía resulta ser clave para comprender la posibilidad de un pluralismo agonístico. No se trata de eliminar el antagonismo y sustituirlo por un consenso racional (en el que los oponentes sean reducidos a meros “competidores”), ni de mantener el antagonismo bajo la forma amigo / enemigo (en el que cada uno percibe las demandas del otro como amenazantes e ilegítimas), sino de transformar el antagonismo en agonismo, de domesticarlo y reconducirlo a las formas del modelo adversarial. “La dimensión antagónica está siempre presente, es una confrontación real, pero que se desarrolla bajo condiciones reguladas por un con-junto de procedimientos democráticos aceptados por los adversarios”(2).

Notas

(1) Chantal Mouffe, En torno a lo político, p. 16.

(2) Ibid., p. 28.